APENDICES
APENDICE II
Pruebas de laboratorio habituales
Existe una amplia gama de pruebas clínicas,
muchas de las cuales están especializadas en determinados grupos
de enfermedades. En este Manual, como norma general, las pruebas específicas
se describen con las enfermedades correspondientes. Sin embargo, muchas
pruebas se utilizan con frecuencia en varias especialidades y en medicina
general.
Las pruebas de detección se utilizan para detectar una enfermedad
cuando existen pocas o ninguna evidencia de que una persona padezca
tal enfermedad. Por ejemplo, la medición de los niveles de colesterol
es útil en la valoración del riesgo de enfermedades cardiovasculares,
pero estas pruebas se realizan en personas que no presentan síntomas
de este tipo de enfermedades. Para que las pruebas de detección
sean eficaces, tendrán que ser exactas, relativamente baratas,
presentar pocos riesgos y causar poca o ninguna molestia.
Por otra parte, las pruebas diagnósticas se utilizan cuando se
sospecha la existencia de alguna enfermedad. Por ejemplo, si el médico
sospecha una enfermedad grave del corazón, puede recomendar un
cateterismo cardíaco. Este examen no corresponderá a una
buena prueba de detección, ya que es costoso, tiene efectos secundarios
y es molesto. No obstante, todas estas desventajas son superadas por
la necesidad de realizar tal prueba para evaluar la enfermedad con myor
precisión.
Toda prueba, sea de detección o de diagnóstico, conlleva
cierto riesgo, que puede ser tan sólo la necesidad de realizar
pruebas complementarias en caso de resultados anormales, o bien la posibilidad
de que se produzcan lesiones durante la exploración. El médico
considera el factor de riesgo frente a las ventajas de la información
que aportarán las pruebas.
Ningún tipo de prueba es absolutamente fiable. A veces, la prueba
es errónea dando un resultado anormal en alguien que no padece
la enfermedad (resultado falso-positivo). Otras veces, el resultado
es incorrectamente normal (resultado falso-negativo) en alguien que
padece la enfermedad. Las pruebas se miden en función de su sensibilidad
(probabilidad de que los resultados sean positivos en presencia de la
enfermedad) y su especificidad (probabilidad de que los resultados sean
negativos en ausencia de la enfermedad). Es improbable que una prueba
altamente sensible pase por alto la presencia de una enfermedad en una
persona que la padece. Sin embargo, el resultado de la prueba podría
indicar de una manera equívoca la enfermedad en una persona sana.
Así mismo, resulta improbable que una prueba altamente específica
no indique la presencia de una enfermedad en alguien que la padezca.
Los problemas con la sensibilidad y la especificidad pueden ser superados
utilizando distintas pruebas. Por ejemplo, una persona que ha dado un
resultado positivo con una prueba muy sensible del SIDA, se someterá
a otras todavía más específicas.
Las pruebas de sangre rutinarias con frecuencia aportan información
errónea, causando ansiedad y gastos innecesarios. Cuando se utilizan
los analizadores automáticos, como el analizador de secuencias
múltiple(ASM), para realizar varias series de pruebas de sangre,
los resultados falso-positivos son bastante frecuentes. Sólo
por efecto del azar se espera al menos un resultado falso-positivo en
el 50 por ciento de los pacientes sometidos a 12 pruebas (ASM-12), y
en dos tercios de los que han sido sometidos a 20 pruebas (ASM-20).
Puede ser necesario repetir las pruebas en personas que dan resultados
anormales o bien someterlas a pruebas complementarias cuando el médico
no tiene la seguridad de que los resultados obtenidos son verdaderos
o falsos.
Los resultados de las pruebas normales se expresan en una escala de
valores basada en los criterios de valoración media obtenidos
de la población sana; el 95 por ciento de las personas sanas
tiene valores dentro de esta escala. Sin embargo, estos valores presentan
alguna variación según el laboratorio.

